¿Disparar en modo manual realmente te hace profesional?

Después de ver una entrevista que le hace Kai Wong a Martin Parr en la que el galardonado fotógrafo documental “confiesa” que la mayor parte del tiempo dispara en modo “Programa” [P], me parece pertinente abordar nuevamente el tema, pero ahora desde una perspectiva distinta.
Para muchos, cualquiera que se precie de ser profesional debe disparar siempre en modo manual. Sin embargo, el que un profesional de la talla de Martin Parr (https://www.martinparr.com/cv/) diga que dispara en modo programa porque le gusta aprovechar lo que la tecnología tiene que ofrecer, nos obliga a reconsiderar.
Creo que más allá de lo profesional o no del modo manual, se ha creado un tabú con respecto a no usarlo. Pocos serán los fotógrafos que, considerándose profesionales o avanzados, admitan que de vez en cuando usan algún otro modo de disparo, simplemente, por aquello del “qué dirán”. Pero, como lo expuse en un blog anterior (https://iconofilia-fotodigital.blogspot.mx/2017/03/tips-de-fotografia-interpretacion.html), quienes usan el modo manual no siempre lo hacen de la manera correcta.
El uso del modo manual no es solamente una forma de tener el control total sobre la cámara. Para mí, hay mucho más detrás de él. Para empezar, se requiere una intención, un concepto que determine lo que se busca lograr y la exposición correcta para ello. Si no hay ese concepto, el fotógrafo, por muy profesional que sea, nunca sabrá qué esperar, más allá de una exposición aceptable. Pero cuando hay un concepto, éste dirigirá al fotógrafo hacia el tipo de luz que la imagen deba tener para reflejar lo que se desea. Entonces sí, usando el modo manual, se llega no a la exposición correcta, sino a la exposición esperada.
Por ejemplo, un fotógrafo de estudio, que vive de hacer fotografías para identificación, no tiene un concepto. No hay una intención específica para el sujeto al que tiene enfrente, más allá de lograr una buena iluminación. De hecho, sus luces rara vez se mueven de lugar y el sujeto asume una pose que ya se ha practicado muchas veces antes. No hay conexión alguna entre el fotógrafo y el sujeto. No hace falta, pues no se busca transmitir mensaje alguno.
En cambio, cuando se trata de proyectar algo, no basta con que la luz sea la correcta, hay que manipularla para que el retrato refleje las emociones tanto del sujeto como de quien lo retrata. Tal es el caso del retrato de Alfried Krupp que le fue encomendado a Arnold Newman, quien, por cierto, decía, “No hacemos fotografías con nuestras cámaras, sino con nuestros corazones y nuestras mentes.”
En 1963, la revista Newsweek pidió a Newman que hiciera un retrato de Krupp. Como judío, Newman en un principio se negó, pues se sabía que Krupp había esclavizado a judíos en sus plantas industriales durante la época Nazi. Sin embargo, después aceptó (como buen profesional), pero usó su “licencia de autor” para imprimir al rostro de Krupp la maldad que él consideraba que debía mostrar.
Fotografía de Arnold Newman / Photo by Arnold Newman
Si no hubiera habido una intención previa, un concepto previo, por mucho que hubiera usado el modo manual, Newman jamás habría logrado lo que se proponía. Jamás habría logrado que Krupp se viera como el demonio que él pensaba que era.
Entonces, volviendo a la declaración de Martin Parr, no se trata de disparar en modo manual (o en cualquier otro, para el caso), sino de visualizar una imagen antes de hacerla. Eso es lo que marcará la diferencia entre una buena foto y una que no trascenderá. Eso es lo que marca la diferencia entre ser o no un profesional. El modo de disparo, así como el equipo que se use (a menos que se tenga una razón específica para usarlo) son lo de menos.

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